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#ProyectoAcércate,Briseida: La historia en papel.

La espera ha terminado. El final y el libro completo ya están disponibles en Amazon, no os entretengo, os dejo los enlaces a ...

miércoles, 28 de diciembre de 2016

REENCUENTRO.



8.-TODO LO QUE HEMOS PERDIDO

Cuando estuvo de frente a ella, sin mediar palabra la abrazó y con sus manos le acarició la cara. Dos gruesos lagrimones le corrían por los pómulos. Se los secó y se acercó hasta apoyar su frente con la de ella. Le invadió un sentimiento de placidez, de comodidad como cuando uno regresaba a casa después de un día duro y cansado.



—Jon, no quiero que te vayas —dijo ella con los ojos cerrados.
—No me voy, estoy aquí.
—Estoy cansada, es demasiado el esfuerzo el que hago cada vez que estoy contigo.

Jon se separó de ella unos centímetros y la miró preguntándole:

—¿A qué te refieres, Ane? No comprendo. Recuerdo que me dijiste algo de rostros que veías y voces que te llamaban pero no entiendo lo que está ocurriendo aquí.
—Jon, sé que estoy en la cama de un hospital, quieta, con los ojos cerrados, rodeada de cables y tubos. Ha sido la tercera vez que me he visto. Ocurre cuando oigo voces que me llaman pero no les entiendo nada. Luego apareces tú y entonces, comprendo que es lo que que quiero en ese momento, —hizo una pausa y cogiéndole ella de la manos de él añadió— porque pienso que estoy muerta y eres lo que me quiero llevar de la vida.
—¿Eres un espíritu, un fantasma, qué eres?
—Soy yo, Ane, la de siempre, aunque de manera distinta, creo.
—¿Y yo? ¿Yo también estoy muerto? —preguntó Jon mirándose a si mismo.
—Tal vez, ¿recuerdas algo antes de estar aquí conmigo?

Jon pensó, se acordaba de encontrarse de pronto en Gorliz y de echar a andar. ¿Y antes? Todo estaba negro y había muchas luces brillantes y pequeñas... Le vino el sonido nítido de una colisión y entonces, recordó el accidente con el coche.

—Me acuerdo de haber chocado en la carretera. ¿Estoy muerto?—preguntó con extrañeza.

Ane le abrazó y él la atrajo más hacia él.

—Si he muerto y esta es la otra vida, me alegro de que que nos hayamos reencontrado —le dijo él al oído.
—¿Te acuerdas cuando nos conocimos, Jon? Fue el mejor fin de semana que recuerdo haber disfrutado. Pensé que había algo entre los dos, nos dimos los teléfonos, incluso yo te llamé por tu cumpleaños pero tú me diste largas.
—Lo recuerdo, Ane pero yo no valoré hasta después lo que habías significado en mi vida. Con el paso del tiempo vi que conocía a muchas mujeres y que aquella conexión que había tenido contigo no me había vuelto a ocurrir con ninguna más. Entonces, era demasiado tarde, supuse y te dejé arrinconada en el olvido. Hasta que te vi de nuevo. ¿Sabes que he ido a tu exposición? Ahora veo por qué no estabas allí.

Ane le acarició la barbilla y acercó los labios a los de él. Jon se dejó hacer porque se dio cuenta que había estado conformándose con algo que no estaba ni a la mitad de altura de aquello que estaba sucediéndole. Le besó con timidez a lo que él le respondió con ímpetu y que fue correspondido en el mismo grado de pasión.
Al separarse él dijo:

— Yo creía que no iba a ser capaz de querer a nadie porque la vida son dos días y me había convencido de que el carpe diem era una buena elección y sin embargo, tú has logrado que cambie de parecer. Debemos recuperar los besos, los momentos, las palabras, todo lo que hemos perdido, Ane. ¿Podrás perdonar lo gilipollas que fui la primera vez? ¿Me darás otra oportunidad?

Ane sonrió ampliamente y contestó:

—Si, claro que sí, si estando muerta, o en el estado en el que sea que me encuentro, te he encontrado, sería una estúpida si te dejara escapar.

Volvieron a besarse con profundidad, con un ansia desmedida sellando así lo que ambos sentían de igual manera.

Bip. Bip. Bip. Bip. Bip.

Ane se separó de Jon con brusquedad de repente. Jon comprobó que ella le miraba asustada.

—¡No quiero irme! —gritó Ane.
—¿Pero a dónde?
—No lo sé, es como si alguien tirara de mí... Oigo de nuevo las voces...

Bip. Bip. Bip. El sonido ascendía y Ane empezó a alejarse de él. Jon alargó la mano para cogerla y tirar de ella pero ella se iba volviendo invisible y no llego a alcanzarla. Bip. Bip. Bip.

—Jon... lo siento...

Bip. Bip. Bip. Silencio. Ane había desaparecido.
Jon miró a su alrededor, continuaba en el bar, todo continuaba como si nada. Pensó que daba igual ya si estaba muerto o no. Si era un sueño o realidad. Sólo quería haber podido retener a Ane con él. Vio a la gente que bailaba a su alrededor, a lo suyo y cerró los ojos enfadado. Deseaba desaparecer él también.

—Hey, hey, ¿estás bien?

Jon quería abrir los ojos pero los párpados parecían estar pegados. La voz masculina volvió a hablar:

—Está volviendo en sí, chicos.

Jon vio la cara de un hombre joven que le miraba con una leve sonrisa. Quiso moverse pero le fallaron las fuerzas.

—Tranquilo, tranquilo,¿cómo te llamas?
—Jon, ¿dónde estoy?
—Jon, soy Asier, médico de emergencias, has tenido un accidente con el coche y debido al choque has perdido la consciencia. Ahora estás en la ambulancia para llevarte al hospital, allí te examinarán mejor.
—¿Me pasa algo?
—No, creo que no pero hay que hacerlo de igual forma. Ahora tranquilo, ¿vale?


Jon se hundió en la camilla. Había vuelto a la realidad que había elegido desde siempre y, por primera vez, se daba cuenta que no le gustaba nada, que esa realidad había cambiado desde que había encontrado a Ane de nuevo, aunque se hubiera empeñado en creer y actuar como que no... Ahora ella no estaba, aunque tenía la esperanza de que tal vez en sus sueños...

El vehículo se puso en marcha y comenzó a oír la sirena exigiendo urgencia.



Continuará...





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miércoles, 21 de diciembre de 2016

REENCUENTRO.

ESTA SEMANA, SORPRESA:
DOS CAPÍTULOS PUBLICADOS, VAMOS A CELEBRAR LA LLEGADA DEL INVIERNO.

                               ⛄⛄⛄



6.-UN PLAN REALISTA


Clavado frente al escaparate de la exposición tomó la decisión de entrar de nuevo al lugar. “No podía irse de allí sin más” había decidido. Cuando la chica le vio sonrió con extrañeza.

—¿Me harías un favor? Esta es mi tarjeta, te agradecería que se la entregaras a Ane —le pidió Jon.

La chica cogió la cartulina y le dijo:

—Se la daré, prometido, aunque no sé cuándo la veré.
—Muchas gracias y perdona por la molestia.
—No es nada.

Jon se marchó un poco más complacido de allí. Seguía con dudas pero al menos, había hecho algo y tal vez, eso ayudará a desenredar la madeja que tenía liada. Regresó a la estación del metro y cuando estuvo sentado, cogió el teléfono y tecleó un mensaje a su amigo Karlos,“¿Qué haces? ¿Quedamos para comer, colega?”

El móvil enseguida silbó la respuesta, “Ok. ¿ A las dos, en el club?”
Jon respondió, “Sí”.

Pensó que así le daría tiempo a cepillar a Corso antes y así, entre pasar un rato con su caballo y comer con su amigo quizá, hasta dejara por unos momentos de ver en su cabeza la imagen de Ane y esa sensación que aún tenía del beso en sueños. Por unos momentos se sintió ridículo con todo aquello. Tan sólo había soñado que besaba a una mujer que ya conocía. En la realidad, podía besar a muchas más. Con abrir la agenda del móvil le bastaba. 




El sentimentalismo no le pegaba nada, ese sueño era como una de esas historias de novela rosa, románticas y empalagosas. Jon pensaba que ese tipo de amor sólo existía en los libros. Se preguntó qué pensaría Ane cuando la chica de la exposición le contara su visita y le diera su tarjeta. Lo más probable es que no se acordara de él o en el caso de que lo hiciera, no le haría ningún caso, pensó él. Al menos, si le ocurriera a él seguro que obraría así.
Tan ensimismado estaba en sus elucubraciones que tardó en darse cuenta que alguien le tocaba en el hombro derecho.

—Eh, Jon, hola.

El miró hacia quién le hablaba y sorprendido contestó:

—Hola, Nerea, no te había visto.
—Ya me he dado cuenta, parecías muy concentrado en tus cosas. ¿Qué tal las vacaciones? Cuatro días y estamos de nuevo en el colegio dando clases. Qué rápidas se me han pasado estas navidades.
—Se han pasado volando, a pesar de no haber hecho nada en particular. Dormir, comer demasiado, gastar en exceso,...
—Vaya plan...
—Sí y aún queda pasar el día de los Reyes Magos.
—¿Vas de cotillón o sales de bares?
—La verdad que no iba a salir, soy casi un cuarentón—se rio y añadió mirándola con picardía— tú saldrás de fiesta, ¿no? Eres aún una yogurina, tienes veintisiete años, ¿no? Si mal no recuerdo.
—Venga, hombre, que si tienes ganas de salir, lo de menos es la edad, Jon... esto, perdona un momento, me llaman al móvil.

Jon la miró con disimulo mientras contestaba a la llamada. Siempre le había gustado la melena llena de rizos negros suelta que le llegaba casi hasta la cintura, le daba un punto salvaje. Desde que trabajaban juntos en el colegio, ella era profesora de música, se le había pasado más de una vez por la cabeza tener algún escarceo sexual con ella. Pero le había echado para atrás el pensar de que siendo compañeros de trabajo no sería compatible, quería tener buen ambiente laboral. Se había dicho que valoraba mucho su puesto de profesor de física y química en aquel colegio como para fastidiarlo por una satisfacción momentánea.

—Ya está, Jon, perdona.
—No pasa nada.
—¿De qué hablábamos?
—De que estoy mayor para salir de fiesta...
—Ja, ja,ja, yo voy de cotillón, si te apetece soltarte la melena...
—No estaría mal.
—Te lo digo en serio, ven si quieres, será en la discoteca de un primo mío. ¿Te animas? Veinticinco euros con derecho a cuatro consumiciones.
—¿Hay que ir de etiqueta?—preguntó Jon medio riéndose.
—No, hombre, arregladillo, sin más. No te preocupes que tú con cualquier cosa estás muy guapo.

“Tú tampoco estás nada mal, chica” pensó sonriéndola.

—No te prometo nada, pero me lo pienso y te lo confirmo, ¿vale?
—Muy bien, bueno, en esta parada me bajo. Espero que vengas, estoy convencida de que lo podemos pasar muy bien juntos —dijo con un leve pero estudiado pestañeo.
—Lo pensaré Nerea, te llamo con lo que decida.

Al verla marchar se dijo que era una pena no conocerla un poco mejor y que acaso, la cita sin confirmar, era un buen plan y sobre todo uno realista, sin sucesos inverosímiles y en estado de plena conciencia. Iba a mandarle un mensaje a Nerea para decirle que a qué hora quedaban cuando oyó por la megafonía del vagón la próxima parada y lo dejó para cuando saliera del metro que iba abarrotado de gente. Por cinco minutos más, Nerea no iba a cambiar de opinión.
Cuando estuvo fuera de la estación, cogió el teléfono y mandó el mensaje. La respuesta no se hizo esperar, en poco menos de dos minutos él leyó: “A las diez en la entrada de las galerías, ¿ok, guapo?”

El le mandó de vuelta un escueto “ok”. Pensó que ya se daría la ocasión de decirle guapa de manera más cercana que a través de la red y empezó a andar un poco más rápido hacia su casa para coger el coche e ir al club de hípica.



*******************


7.-VIAJE INESPERADO




Cuando conducía el coche hacia el club y llevaba diez minutos de trayecto, comenzó a llover de tal manera que los limpiaparabrisas no daban a basto a recoger el agua del cristal delantero. Jon maldijo, el invierno tenía estos desastres casi a diario. Así no iba a salir a cabalgar con Corso, con las ganas que tenía. Al menos comería con su colega Karlos y quién sabe, igual a la tarde había escampado y podía montar a su caballo. La luna delantera se estaba empañando. Al volver los ojos por un instante para comprobar si la ruleta de posición de las rejillas del aire estaba en el lugar correcto y volver de nuevo la vista al frente, observó que el coche de delante suyo había frenado de repente. Pisó el freno hasta el fondo pero  se chocó sin poder evitarlo y el automóvil de detrás suyo lo hizo contra él con igual intensidad. El airbag saltó y detuvo el impacto de la cabeza contra el volante. Jon quiso moverse pero no le respondía el cuerpo. Sintió que se hundía en una oscuridad con muchos puntitos brillantes.
Poco a poco el conjunto de luces pequeñas se agruparon formando un sólo punto diáfano. Tardó unos momento en darse cuenta que se encontraba en un lugar de sobra conocido por él. Estaba en una de las calles de Gorliz, en medio de un bullicio de gente. Miró hacia arriba, había banderines colgados, estaba en las fiestas del pueblo.

—¿Qué es lo que hago aquí? —dijo en voz alta.

Nadie de todos los que le rodeaban le miró. Empezó a andar entre la multitud y se percató que pasaba desapercibido entre ellos. Nadie le miraba, pareciera que fuera invisible, porque ni siquiera al roce se movían hacia él o se molestaban por sus empujones. Sentía un desasosiego profundo.

—¿A dónde voy? —dijo parándose en seco y mirando a su alrededor.

Se acordó de uno de los bares que le gustaba de aquel pueblo y aquellas fiestas, estaba a pocos metros de la calle en la que se encontraba. Tenía buen ambiente, música de su gusto y servía unos gin tonic de muerte. Comprobó al llegar que recordaba bien su ubicación y entró sin pensárselo. Todo seguía igual que cuando él había estado hacía más de diez años. Siempre había sido uno de sus bares preferidos y aquellas fiestas también, pero él y su cuadrilla de amigos dejaron de ir cerca de los treintena. “Las novias fueron las culpables, todo cambió desde que aparecieron ellas” se dijo Jon.
Se acercó hasta la barra, tal vez estuviera alguno de los camareros que recordaba de entonces. Entre codazos y empujones que no parecían importar a los presentes porque permanecían impasibles, llegó hasta uno de los lados y reconoció a dos de los barman de antaño. Echó un vistazo general y no pudo evitar llevarse una sorpresa al ver en la otra punta de la barra a Ane, apoyada indicándole con un gesto que fuera hacia ella.
Jon se obligó a si mismo a quedarse quieto porque sus pies parecían tener vida propia. Ella le miraba sonriente, leyó en sus labios, “ven, por favor” y no pudo frenarse a si mismo. Se dirigió hacia ella atravesando a la gente que continuaban a lo suyo sin percatarse de su presencia.




Aquella mujer le provocaba una confianza impropia, desconocida y que le asustaba pero que instaba sus pasos sin remedio hacia ella.


Continuará...


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miércoles, 14 de diciembre de 2016

REENCUENTRO.



5.-LA EXPOSICIÓN

Permaneció en la cocina hasta que se adentró la mañana. No paraba de pensar en las dos noches que habían pasado, le daba vueltas a la pregunta de por qué había soñado con Ane. Su presencia y su beso le habían parecido muy reales, como si hubiera ocurrido de verdad, porque aún podía sentir el cosquilleo que le había producido por el cuerpo.

Miró el reloj, marcaba las nueve y no tenía nada qué hacer. Le vino una idea a la cabeza y encendió el portátil. Tecleó en el buscador: tienda de decoración, Bilbao, Gran Vía. Aparecieron más ochenta mil resultados. Reflexionó y se dio cuenta que tal vez lo que vio en el primer sueño no era un establecimiento de ese tipo, más bien era como una exposición de cuadros de estilo impresionista. Escribió: Exposición de pintura impresionista, Bilbao, Gran Vía.
En el segundo lugar de los resultados leyó: “Exposición de la impresionista Ane Garmendia en Gran Vía, 27”. No podía ser una coincidencia. Jon no despegaba la vista de la pantalla y no daba el paso de pinchar el enlace. Se frotó los ojos y pensó que en vez de treinta y nueve años, parecía que tenía quince y abrió la página:

“Ane Garmendia, artista bilbaína que está considerada como una de los nuevos hallazgos de dicha tendencia artística que tan popular es entre los aficionados a esta área del arte. Una única sala, en la que presenta su obra, sus óleos de paisajes, hasta el nueve de enero. Los horarios de visita son de lunes a jueves de 10 a 19 horas y de viernes a domingo de 10 a 21 horas. La entrada es gratuita.”

Había una foto de ella, la había reconocido, prácticamente estaba igual de guapa que hace veinte años y como la había visto en el sueño. Lo único diferente era su pelo más corto y un flequillo largo sobre la cara. Se había convertido en pintora y por lo que había leído, se le daba muy bien.

“¿Por qué no vas?” se preguntó a si mismo. “No tienes nada mejor qué hacer y tal vez, si la ves, puedas aclarar este embrollo mental que tienes” se dijo sin quitar la vista de la pantalla.

No lo pensó más, cerró el portátil y se levantó de la silla. Fue a su habitación a ponerse unos tejanos y un jersey. Se abrigó y salió a la calle, dirección a la parada del metro.

En poco menos de diez minutos se encontraba andando por la Gran Vía de Bilbao. Al ver los cuatro grados que marcaba el termómetro de la calle se subió los cuellos de la cazadora instintivamente. No estaba lejos del número veintisiete que buscaba, calculó menos de diez minutos, llegaría al poco de abrir la exposición al público. Mientras caminaba hacia allí, de pronto se dio cuenta de que no sabía qué le iba a decir y si ella le reconocería después de tantos años. Tal vez, hasta no quisiera hablar con él.

“Me comporté mal, me piré sin más. Me dijo que la llamara y no lo hice” se dijo.

De pronto, se le ocurrió que no era muy buena idea eso de aparecer como si nada. “¿Qué le voy a decir, te acuerdas de mí?” se preguntó y añadió: “Si, aquel gilipollas con el que te echaste unas risas de fiesta”. Decidió entonces, meterse en la primera cafetería que vio y pedir un café. Sopesó si debía ir o no a la exposición.

“No puede guardarme rencor, fue un rollo juvenil. Si seguro que al poco me sustituyó por otro. Ahora estará casada o vivirá con alguien” se dijo mientras daba sorbos al café. “Estás tonto perdido Jon, esos sueños te han trastocado, ¿desde cuándo te da miedo lo que te vaya a decir una mujer?”.
Terminó la consumición, pagó y salió de nuevo a la calle con paso firme.

Enseguida supo que había llegado a su destino. El mismo escaparate y los mismos cuadros de los de su sueño, incluido el cuadro en que se veía una figura de mujer de cabellos largos y cobrizos inclinada cogiendo agua en las palmas de sus manos.
Por momentos, pensó que aquello estaba convirtiéndose en algo demasiado extraño y enigmático y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Sin embargo, entró en la exposición sin vacilar.
Echó un vistazo general y sintió una leve frustración. El lugar era pequeño y tan sólo había cuatro personas y ninguna de ellas era Ane. Tres estaban paradas frente a una de las pinturas. La última, era una joven que estaba detrás de un mostrador y que pronto le saludó ofreciéndole un tríptico:

—Buenos días, bienvenido, tome esta información de la obra de la artista, cualquier cosa no dude en preguntarme.
—Gracias —contestó y empezó la visita por el lado contrario al que estaban las otras personas; ya que estaba allí, vería toda la exposición.

Le gustó mucho. Cada pintura contenía un paisaje diferente desde desértico, rocoso, a acuífero y marítimo. Cada cuadro tenía una inscripción que se componía, de un título, una fecha y la firma de la autora. No aparecían figuras humanas en ninguno salvo el que estaba en el escaparate. Le preguntaría a la chica tan amable si conocía la razón de aquello, antes de irse.
Repitió el recorrido a la inversa terminando en el mostrador.

—¿Le ha gustado, caballero? —preguntó la chica.
—Sí, muy buen trabajo. ¿Tiene algún significado que sólo haya una obra en la que aparece una figura femenina?
—Me ha pillado, no sé la respuesta. En principio, Ane nunca ha comentado nada al respecto pero me parece interesante su apreciación, se la haré llegar a ella.
—Es una lástima que no pueda felicitar personalmente a la artista —dijo Jon esperanzado.
—Ane viene a las tardes y en el fin de semana suele estar todo el día.
—Quizás venga en otro momento para darle la enhorabuena —dijo él sonriente.

La chica le miró como queriendo decir algo y no saber cómo expresarlo, su cara se había vuelto bastante triste.

—Bueno... lamento decirle que debido a un problema personal, Ane no va a venir de momento más a la exposición. Pero no se preocupe, puede dejarle un comentario en el libro de visitas. Ella le estará muy agradecida.

Jon miró a la chica que le tendía un bolígrafo. Sin pensarlo lo cogió y se quedó mirando a la hoja en blanco que él estrenaba. ¿Qué le iba poner? Caviló unos segundos y se decidió:

“En tus pinturas plasmas la esencia del concepto de cada paisaje. En todas sus estilos, en toda su belleza. Felicidades” y firmó.

Al devolverle el bolígrafo a la joven dijo:

—Gracias, ya me voy, sólo pedirte un favor.
—¿Sí?
—Cuando hables con Ane, dile que he venido por aquí, me llamo Jon, tal vez no se acuerde de mí, nos conocimos hace mucho en unas fiestas, en Gorliz.

La cara de la chica volvió a entristecerse.

—No te preocupes, se lo diré.

Jon dio media vuelta y se marchó. Se había quedado con una sensación rara tras la breve charla con la joven de la exposición. Pareciera que que ese problema personal que había mencionado fuera algo serio. Estando ya fuera, miró una vez más el cuadro de la mujer en el escaparate.

Se llevaba la impresión de que algo iba mal y ¿cómo podía averiguarlo él?. Había ido hasta allí con unas preguntas martilleándole por dentro y se iba sin resolverlas, encima con una incógnita más.

Jamás se había complicado tanto su existencia como en esos momentos y menos por una mujer. Aunque algo parecía claro, la exposición existía no sólo en sueños. Acababa de estar presente en ella y despierto por completo.




Continuará...





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miércoles, 7 de diciembre de 2016

REENCUENTRO.

4.- TÉMPANOS ETÉREOS

En cuestión de minutos se quedó dormido. Ni siquiera había programado el despertador, al día siguiente no le esperaba ningún asunto que atender, aún le quedaban cuatro días de vacaciones.
Sin embargo, se despertó de madrugada con el edredón tirado por el suelo y la boca completamente seca. Se levantó y se sirvió una taza de café frío, vio que el termómetro de la calle marcaba un grado y sin embargo, él tenía calor. Se quitó la parte de arriba del pijama que estaba empapada en sudor y la metió en la lavadora. Se sentó en su cocina, estaba desvelado del todo. Había soñado de nuevo con Ane y recordaba la escena con nitidez.



Se encontraba en el paisaje del cuadro que había soñado la noche anterior. Tenía de frente el estanque de agua verde y veía las mariposas revolotear. Se agachaba y mojaba sus manos. Al incorporarse, una voz le llamaba y él se giraba hacia atrás. Ane le miraba, apoyada en el tronco de un sauce y le hacía el gesto de que se aproximara. Jon echó a andar. Esta vez llevaba el pelo suelto sobre los hombros y vestía un camisón. Parecía rodearle un halo blanquecino y ondeante. Fue hasta ella pero no se acercó demasiado.

—Jon, ¿estás bien?
—No lo sé.

Entonces Ane le tendía la mano y sonreía. El recordaba la sensación de frío intenso de la última vez y no se la cogió, por lo que ella cambiaba la sonrisa por una mueca de disgusto.

—Ane, ¿por qué estás en mis sueños?—le preguntaba.

Ella se sentaba en la hierba y tardaba en contestar.

—No lo sé, Jon. Sólo atino a recordar unos rostros envueltos en una niebla espesa y algunas voces que me llaman. Luego todo eso desaparece y distingo perfectamente tu silueta. La otra vez, en aquella plaza y ahora en este estanque —explicaba y señalando sus manos añadía—están heladas.

Jon no sabía qué decir y se sentó a su lado. Se sentía tan perdido como ella. “¿Qué hacían ellos dos allí?” se preguntaba él. La miraba y ella le miraba a él.

—¿Sabes que han pasado veinte años desde la última vez que nos vimos? —le preguntaba Jon.
—Estábamos en Gorliz, en las fiestas, eso si lo recuerdo, como si fuera ayer.
—Fue divertido.
—Si, recuerdo a un amigo tuyo, Karlos contaba unos chistes muy malos pero tenían gracia en boca de él, conseguía que me doliera el estómago de tanto reírme. Mi amiga Aroa decía que estaba perdiendo dinero como humorista.

—Me acuerdo que pensé cuando te vi con aquellas chicas, que tú no pegabas nada con ellas—le decía Jon.
—No sólo lo pensaste, también me lo dijiste, algo así como: ¿qué haces con éstas?

Jon se reía, sabía lo que venía después de aquella curiosa pregunta y se adelantaba a ella:

—Tú me contestaste simplemente que por qué no íbamos tú y yo a dar una vuelta.
—Sí, la verdad que fui muy atrevida pero no me arrepentí de ello.

Ane le miraba y de nuevo sonreía, Jon imaginaba que estaba pensando lo mismo que él. Aquella vuelta había durado muy poco, enseguida se habían parado y apoyados en un coche habían empezado a besarse.
Esa imagen hizo que Jon, en ese momento, le tendiera su mano con precaución, temiendo su propia reacción al contacto de la de ella. Se tomaron de la mano y se sorprendió de que esta vez no le quemara, sólo la notó fría.

—Yo tampoco me arrepentí de aquella mini vuelta. Tampoco entiendo qué significa todo esto pero de pronto me siento a gusto.

Ane se acercó un poco más él agarrada de su mano.

—Yo también, Jon. Ahora mismo, me siento un poco menos perdida. No te vayas.

Reconoció un creciente calor le recorría de arriba a abajo ante la proximidad de ella y como si de una fuerza magnética se tratase, su boca se pegó sin remedio en la de ella. Se entregó con ganas a aquellos labios que sentía como témpanos cercanos y a la vez etéreos, confusos.





Al separarse ella, que tenía los ojos cerrados, le decía:

—Tan maravilloso como entonces, Jon.

A él le había parecido lo mismo pero cuando iba a repetirlo, él se despertaba.

Ahora se encontraba en su cocina, de madrugada y aturdido. El sueño parecía tan real, Ane, el lugar, el beso frío y sin embargo ardiente, que se sorprendió pensando que sólo era un jodido sueño y que por culpa de el, de pronto necesitaba volver a verla.

—No tengo ni puta idea de cómo encontrarte, Ane—dijo en voz alta agarrándose de la cabeza.


Ahora si que estaba desconcertado y más de lo que había sentido en el sueño. Era paradójico, porque a pesar de esa desazón, tenía la certeza de haberse reencontrado con una parte de él que había estado perdida durante mucho tiempo.


Continuará...


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miércoles, 30 de noviembre de 2016

REENCUENTRO.

3.- LOS SUEÑOS, SUEÑOS SON.




Jon llegó a primera hora de la tarde al club de hípica, Karlos le había mandado un mensaje veinte minutos antes diciéndole que ya estaba con su caballo Dester. Jon se dirigió hasta donde se encontraba el suyo.

—Corso, ¿qué pasa, colega?—dijo pasándole la mano por la cabeza, entre las orejas.

El animal relinchó. Jon le acarició el lomo y le dio unas palmaditas.

—Vamos a dar una vuelta, chico, que nos de el aire, a ver si me despeja la mente.

El sueño que había tenido se había quedado fijo en la pantalla de su mente como si se hubiera atascado la tecla de repetir de su cerebro. Sólo montar en su caballo podía sacarle de ese reiterado círculo, había pensado mientras conducía hasta el club.
Jon ensilló al caballo, comprobó que la cincha estuviera bien apretada y los dos estribos a la misma altura. Satisfecho, sacó al animal y una vez fuera de la cuadra, se montó y dirigió al camino que serpenteaba el acantilado.

—Buuu, qué frío, Corso, vamos a entrar en calor—le dio un suave apretón y el caballo obedeció poniéndose en movimiento.

Galopó en los cinco kilómetros de senda costera entre pinos, helechos y matorrales. Con el viento a su favor y de cara, un sol atípico de diciembre que que se ocultaría en poco tiempo. Antes de dar media vuelta y regresar, estuvo parado, sin bajarse de la montura, contemplando el mar unos momentos desde el pequeño promontorio en el que acababa el recorrido. Pensó que no cambiaría aquel instante por nada, él, su caballo, ese paisaje. Trinomio perfecto. El aire se levantó más fuerte y helador, le trajo también el recuerdo de la mano extremadamente fría que le había tocado en sueños. Un escalofrío le sacó del ensimismamiento y eso le molestó, así que sin más dilación, volvió al recinto del club. Se dijo que empezaba a estar harto de tener esa imagen recurrente en su cabeza. Palmeó a Corso y dio la vuelta.

Karlos le esperaba en el salón social tomando un café.
—Hombre, ¿qué tal?—preguntó Jon tomando asiento en uno de los sillones de enfrente.
—Bien —respondió Karlos.
— Tienes ojeras, ¿has dormido mal tú también? Porque yo he tenido un jodido sueño que me ha dado la noche.
—¿Un sueño?
—No sé, estaba en Bilbao, una tienda de cuadros o una exposición, no lo tengo muy claro. Luego se me ha aparecido un fantasma.
—¿Cómo un fantasma, con sábana y todo eso?
—No, tío, una chica muy pálida, me tocaba con la mano, estaba helada —por unos momentos calibró si decirle que la conocía— ¿Te acuerdas de Ane, con la que estuve en las fiestas de Gorliz? Esa era la chica del sueño, parecía un fantasma.
—Me acuerdo o creo que me acuerdo, de pelo castaño y en coleta, ¿no? ¿ y la has vuelto a ver para que hayas soñado con ella?
—No.
—Qué rarito eres soñando —se rió.

Jon se rio también. Contarle el episodio nocturno le había restado la importancia que parecía estar dándole él en las últimas horas.

—Los sueños, sueños son, ¿no dijo Calderón de la Barca?
—Ese mismo, ja ja.
— Por cierto, ¿y la pelirroja?
—Tremenda.
—Tremenda, ¿eh? —preguntó mientras le hacía una seña al camarero de la barra.

Karlos carraspeó.

—He quedado con ella.

El camarero apareció entonces con un taza que dejó al lado de Jon que miraba a Karlos de hito en hito.

—¿Vas a repetir?
—Creo que sí. Me reí mucho, se llama Enara, ¿sabes que le gusta el cine en versión original como a mí?
—¿Te das cuenta que es la primera vez que repites con una tía?
—Joder colega, suena como si fuera a cometer un asesinato.
—Suena a algo increíble, tu lema siempre ha sido conocer al máximo de mujeres y repetir, no era una opción. ¿No es así lo que has dicho hasta la saciedad?
—Vale, sí. Pero igual es el momento de cambiar —apuró el café que tomaba y añadió—Enara me parece simpática, aparte de cañón y, bueno, que me apetece volver a verla, sin más.
—Eh, tranquilo, que yo no te digo nada, entenderás que me has sorprendido.

Karlos sonrió, dejó la taza en la mesita y se levantó.

—¿Te vas ya?
—Sí, he quedado con Enara para ir al cine.
—Joder, pues si que te ha dado fuerte, ¡hoy mismo la cita!
—¿Por qué dejarlo para otro momento?

Jon se echó una carcajada.

—Ríete capullo. Ya me reiré yo cuando aparezcas con alguna, algún día. Igual con la fantasma de tu sueño... que la carne es débil...

Karlos se abrochó la cremallera del abrigo y se marchó. Jon terminó su café pensando en lo que le acababa de contar su amigo. Ni Karlos ni él habían tenido nunca una relación con ninguna mujer en plan serio ni nada que se le pareciera. Pero hablando de la pelirroja le había notado un tono de voz diferente. ¿De ilusión, tal vez? “Sí, si que era eso” se dijo. ¿Algún día el mismo sentiría ilusión? ¿La sintió con Ane hace veinte años? Se divirtieron, sí, pero tanto como para volver a quedar después de los dos días de fiesta, no le pareció. ¿Por qué había soñado con ella?
Su fantasma o lo que fuera, le hacía cuestionarse cosas de las que ni siquiera se había percatado. Eso le empezaba a enfadar y poner dolor de cabeza. Además de tener ya hambre y sueño.



Miró el reloj, aunque estaba de vacaciones navideñas y no tenía prisa, decidió marcharse a su casa.  Se prepararía un sándwich de jamón y queso y luego esperaba poder dormir aquella noche plácida y largamente.


Continuará...

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