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#ProyectoAcércate,Briseida: La historia en papel.

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miércoles, 14 de diciembre de 2016

REENCUENTRO.



5.-LA EXPOSICIÓN

Permaneció en la cocina hasta que se adentró la mañana. No paraba de pensar en las dos noches que habían pasado, le daba vueltas a la pregunta de por qué había soñado con Ane. Su presencia y su beso le habían parecido muy reales, como si hubiera ocurrido de verdad, porque aún podía sentir el cosquilleo que le había producido por el cuerpo.

Miró el reloj, marcaba las nueve y no tenía nada qué hacer. Le vino una idea a la cabeza y encendió el portátil. Tecleó en el buscador: tienda de decoración, Bilbao, Gran Vía. Aparecieron más ochenta mil resultados. Reflexionó y se dio cuenta que tal vez lo que vio en el primer sueño no era un establecimiento de ese tipo, más bien era como una exposición de cuadros de estilo impresionista. Escribió: Exposición de pintura impresionista, Bilbao, Gran Vía.
En el segundo lugar de los resultados leyó: “Exposición de la impresionista Ane Garmendia en Gran Vía, 27”. No podía ser una coincidencia. Jon no despegaba la vista de la pantalla y no daba el paso de pinchar el enlace. Se frotó los ojos y pensó que en vez de treinta y nueve años, parecía que tenía quince y abrió la página:

“Ane Garmendia, artista bilbaína que está considerada como una de los nuevos hallazgos de dicha tendencia artística que tan popular es entre los aficionados a esta área del arte. Una única sala, en la que presenta su obra, sus óleos de paisajes, hasta el nueve de enero. Los horarios de visita son de lunes a jueves de 10 a 19 horas y de viernes a domingo de 10 a 21 horas. La entrada es gratuita.”

Había una foto de ella, la había reconocido, prácticamente estaba igual de guapa que hace veinte años y como la había visto en el sueño. Lo único diferente era su pelo más corto y un flequillo largo sobre la cara. Se había convertido en pintora y por lo que había leído, se le daba muy bien.

“¿Por qué no vas?” se preguntó a si mismo. “No tienes nada mejor qué hacer y tal vez, si la ves, puedas aclarar este embrollo mental que tienes” se dijo sin quitar la vista de la pantalla.

No lo pensó más, cerró el portátil y se levantó de la silla. Fue a su habitación a ponerse unos tejanos y un jersey. Se abrigó y salió a la calle, dirección a la parada del metro.

En poco menos de diez minutos se encontraba andando por la Gran Vía de Bilbao. Al ver los cuatro grados que marcaba el termómetro de la calle se subió los cuellos de la cazadora instintivamente. No estaba lejos del número veintisiete que buscaba, calculó menos de diez minutos, llegaría al poco de abrir la exposición al público. Mientras caminaba hacia allí, de pronto se dio cuenta de que no sabía qué le iba a decir y si ella le reconocería después de tantos años. Tal vez, hasta no quisiera hablar con él.

“Me comporté mal, me piré sin más. Me dijo que la llamara y no lo hice” se dijo.

De pronto, se le ocurrió que no era muy buena idea eso de aparecer como si nada. “¿Qué le voy a decir, te acuerdas de mí?” se preguntó y añadió: “Si, aquel gilipollas con el que te echaste unas risas de fiesta”. Decidió entonces, meterse en la primera cafetería que vio y pedir un café. Sopesó si debía ir o no a la exposición.

“No puede guardarme rencor, fue un rollo juvenil. Si seguro que al poco me sustituyó por otro. Ahora estará casada o vivirá con alguien” se dijo mientras daba sorbos al café. “Estás tonto perdido Jon, esos sueños te han trastocado, ¿desde cuándo te da miedo lo que te vaya a decir una mujer?”.
Terminó la consumición, pagó y salió de nuevo a la calle con paso firme.

Enseguida supo que había llegado a su destino. El mismo escaparate y los mismos cuadros de los de su sueño, incluido el cuadro en que se veía una figura de mujer de cabellos largos y cobrizos inclinada cogiendo agua en las palmas de sus manos.
Por momentos, pensó que aquello estaba convirtiéndose en algo demasiado extraño y enigmático y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Sin embargo, entró en la exposición sin vacilar.
Echó un vistazo general y sintió una leve frustración. El lugar era pequeño y tan sólo había cuatro personas y ninguna de ellas era Ane. Tres estaban paradas frente a una de las pinturas. La última, era una joven que estaba detrás de un mostrador y que pronto le saludó ofreciéndole un tríptico:

—Buenos días, bienvenido, tome esta información de la obra de la artista, cualquier cosa no dude en preguntarme.
—Gracias —contestó y empezó la visita por el lado contrario al que estaban las otras personas; ya que estaba allí, vería toda la exposición.

Le gustó mucho. Cada pintura contenía un paisaje diferente desde desértico, rocoso, a acuífero y marítimo. Cada cuadro tenía una inscripción que se componía, de un título, una fecha y la firma de la autora. No aparecían figuras humanas en ninguno salvo el que estaba en el escaparate. Le preguntaría a la chica tan amable si conocía la razón de aquello, antes de irse.
Repitió el recorrido a la inversa terminando en el mostrador.

—¿Le ha gustado, caballero? —preguntó la chica.
—Sí, muy buen trabajo. ¿Tiene algún significado que sólo haya una obra en la que aparece una figura femenina?
—Me ha pillado, no sé la respuesta. En principio, Ane nunca ha comentado nada al respecto pero me parece interesante su apreciación, se la haré llegar a ella.
—Es una lástima que no pueda felicitar personalmente a la artista —dijo Jon esperanzado.
—Ane viene a las tardes y en el fin de semana suele estar todo el día.
—Quizás venga en otro momento para darle la enhorabuena —dijo él sonriente.

La chica le miró como queriendo decir algo y no saber cómo expresarlo, su cara se había vuelto bastante triste.

—Bueno... lamento decirle que debido a un problema personal, Ane no va a venir de momento más a la exposición. Pero no se preocupe, puede dejarle un comentario en el libro de visitas. Ella le estará muy agradecida.

Jon miró a la chica que le tendía un bolígrafo. Sin pensarlo lo cogió y se quedó mirando a la hoja en blanco que él estrenaba. ¿Qué le iba poner? Caviló unos segundos y se decidió:

“En tus pinturas plasmas la esencia del concepto de cada paisaje. En todas sus estilos, en toda su belleza. Felicidades” y firmó.

Al devolverle el bolígrafo a la joven dijo:

—Gracias, ya me voy, sólo pedirte un favor.
—¿Sí?
—Cuando hables con Ane, dile que he venido por aquí, me llamo Jon, tal vez no se acuerde de mí, nos conocimos hace mucho en unas fiestas, en Gorliz.

La cara de la chica volvió a entristecerse.

—No te preocupes, se lo diré.

Jon dio media vuelta y se marchó. Se había quedado con una sensación rara tras la breve charla con la joven de la exposición. Pareciera que que ese problema personal que había mencionado fuera algo serio. Estando ya fuera, miró una vez más el cuadro de la mujer en el escaparate.

Se llevaba la impresión de que algo iba mal y ¿cómo podía averiguarlo él?. Había ido hasta allí con unas preguntas martilleándole por dentro y se iba sin resolverlas, encima con una incógnita más.

Jamás se había complicado tanto su existencia como en esos momentos y menos por una mujer. Aunque algo parecía claro, la exposición existía no sólo en sueños. Acababa de estar presente en ella y despierto por completo.




Continuará...





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